do you want to know a secret

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Después de pensarlo mucho (como por dos segundos), me ha parecido que debía compartir este cuento con la gente descarriada(bonita) que se pasa por aquí. No se asusten por las 1,570 palabras, es una lectura rápida ;)

Sabor sandía

Acaso de no ser ese día tan groseramente caluroso, Monchi –el gato–, no habría tenido que saltar a la mesa para refrescarse, pero lo hizo, y fue entonces que dos familias dejaron de serlo. Ya le había dicho Mamá Teresa a su esposo que no quería gatos en la casa, pero es que cuando a Don Humberto se le metía una idea en la cabeza, mejor dejársela allí.

Total, que Monchi –el gato– se quedó en casa de los Pérez, y sucedió que el día caluroso en cuestión Mamá Teresa envió a Ramón a comprar sandías para hacer agua.

–No te detengas a platicar con la vecina –advirtió Mamá Teresa, con ese tono de voz tan agudo que sólo alcanzan las madres más neuróticas.

–Amá –contestó Ramón, cuya voz contrastaba con la de su madre –Ya te dije que no me importan los dedos de Lupita, algún día le pediré la mano.

–¡Qué cosas dices! –gritó Mamá Teresa.

–Vas a romper las ventanas con esos gritos, mujer –llegó diciendo Don Humberto –Cualquier día de estos me provocas un infarto, y ¿qué vas a hacer sin marido y sin ventanas?

–Apá, dile a mi amá que no ande hablando mal de Lupita –y Ramón se dio a la fuga.

–¿De cuál Lupita? –preguntó después Don Humberto, quien era medio atarantado.

–¡La hija de los Tapia! Ramoncito sigue necio en que le quiere pedir la mano ¡A esa muchacha antes debería pedirle el pie! –remató la señora, con un chillido que no tenía nada que envidiarle al de un tenedor frotando un plato.

Y no era que Lupita no se lavara las manos o que tuviera unos pies especialmente gráciles, pero a los Tapia se les conocía porque siempre heredaban a sus hijos dedos extras en manos o pies. Según Don Chuy Tapia la tradicional herencia demostraba la superioridad de su familia, y nadie se lo discutía, salvo una vez un zapatero, quien tuvo el honor de recibir un puntapié de seis dedos. Doña Antonia –esposa de Don Chuy– también se enorgullecía del linaje de su marido y no cejaba en su intento de que Mamá Teresa aceptara a Lupita como nuera.

–Es que estoy tan enamorada de él… –lloró Lupita– ¿Por qué no puedo ser normal?

–Tú eres normal, niña –dijo Doña Antonia, mientras le terminaba de arreglar la sexta uña de la mano derecha –es normal que los hijos hereden cosas de sus padres.

–Si fuera normal su madre me aceptaría.

–Ya sabes que no es por ti, Teresa es una vieja sobreprotectora y loca.

–¡Mamá! Acaba de llegar.

–¿La vieja loca? –y se asomó por la ventana ––Ah, es Ramón. Ha de venir por sandías, hoy hace calor…¡Sal! –la apresuró Doña Antonia haciendo de cupido –Y no quiero ver que le pongas caras tristes a ese muchacho. ¡Echas las monedas en mi alcancía! –le gritó a las puntas del cabello de Lupita, que había volado hasta el huerto.

Doña Antonia no tenía exactamente un matrimonio de ensueño, pero conocía muy bien esas cosquillas en el estómago que provoca el enamoramiento –aunque la última vez que sintió algo parecido había sido cuando probó el pozole especial de Don Landa– y fuera como fuese no iba a permitir que una vieja loca y sobreprotectora le negara a su hija sentir pozole en el estómago. Y aunque Mamá Teresa sobreprotegía a su hijo del mundo, nadie salvaba a Ramón de su madre. La señora no le dejaba dormir en casa de sus amigos, pues ahí no podría asegurarse que no hubiera muerto en sueños. Le tenía prohibido bañarse en el río con los otros niños, por si de pronto comenzara a llover y el río se desbordara; incluso el día que nació Ramón, antes que la comadrona pudiera nalguearlo, Mamá Teresa insistió en primero ponerle los calcetines…no fuera a ser que se resfriara. Pero con todo y todo, Ramón era feliz. Tantito más ese día, porque fue a comprarle sandías a Lupita.

Eran las sandías más rojas y dulces que se hubieran visto, y Mamá Teresa estaba segura de que el agua quedaría deliciosa: Y así fue. Harto sabido es que lo primero que hacemos después de que algo nos sale bien es fingir modestia y salir en busca de alabanzas, así que la señora tomó un vaso grande y apetecible, y lo llenó a rebosar de agua fresca.

–¿¡Alguien está sediento!? –gritó con esa agudeza de voz que mataría de envidia a una soprano –¿Nadie? –insistió sin éxito: ninguno acudió a beber su agua. Dejó el vaso lleno en medio de la mesa y partió enfurruñada en busca de Monchi –el gato–.

Nada más salió Mamá Teresa, cuando por la puerta contraria entraron Don y Doña Tapia. Ella con la intención de discutir el futuro amoroso de sus hijos y él estaba acalorado, y a sabiendas que encontraría agua de sandía.

–¡La encontré! –gritó el Don desde la cocina.

– ¿A Teresa? –preguntó Doña Antonia asomando la cabeza por la ventana.

–No, encontré el agua fresca –dijo antes de dar un gran trago.

–¡Chuy! deja eso –le quitó el vaso de un manotazo y envió al Don a la casa.

Don Chuy, quien nunca había dejado un vaso de agua a medio beber –porque si alguien más bebe del mismo vaso se entera de los secretos de uno –se fue a regañadientes. La Doña esperó un buen rato, pues la vieja loca no regresaba; decidió tomar un poco de esa agua, que aún seguía fresca.

Bebió un trago pequeño, dulce y amargo. La sandía estaba deliciosa, pero resultó que también había bebido el secreto de su esposo. Dejó el vaso de nuevo sobre la mesa y salió deshaciéndose en lágrimas: Don Chuy tenía un hijo con otra mujer.

Y nada que Monchi –el gato– aparecía. Mamá Teresa regresó acalorada y molesta; caminó hasta el vaso y bebió sin notar que el nivel del agua de sandía había bajado. Que Don Chuy tenía un hijo ilegítimo, cómo no saberlo, pero lo que le cortó el aliento fue enterarse del secreto de Doña Antonia:

Llevaba varios meses ahorrando para que Lupita y Ramón se fugaran. Casi se desmayó la señora; como pudo salió corriendo en busca de los Tapia.

Curiosamente Lupita Tapia se había encontrado a Monchi –el gato– husmeando entre las sandías y decidió que se ganaría un poco de simpatía si iba a entregárselo a los Pérez, pero no estaban en casa. Cansada, entró a la cocina en busca de la famosa agua sabor sandía, allí estaba medio vaso servido. Bebió sólo un poquito, apenas lo suficiente para sentir el dulce, un par de semillas y los dos únicos secretos que jamás debió recibir juntos: Por su padre, Don Chuy, se enteró que tenía un medio hermano. De Mamá Teresa, la vieja loca, supo que su querido Ramón tenía seis dedos en el pie izquierdo. Cualquiera habría notado la relación entre ambos hechos –excepto tal vez Don Humberto, quien en serio era medio atarantado – y con el corazón saliéndosele y muriendo de amor por su medio hermano, corrió a ahogar sus penas al río.

Ramón pasó la tarde huyendo de su madre, hasta que creyó seguro regresar a la casa. Vio a Monchi –ya saben quién– tratando de beber algún líquido sucio del patio y pensó que le vendría mejor un trago de agua fresca. Había un vaso a medio beber en la mesa y quiso terminarlo para no desperdiciar. El joven Ramón casi se ahoga con una semilla: Que Don Chuy tuviera un hijo bastardo le importaba poco; su dedo extra en el pie izquierdo lo conocía desde siempre, pero después de unos segundos encontró relación entre los sucesos. Y tragándose la semilla lloró por el secreto de Lupita: estaba embarazada. Se olvidó del gato y salió, probablemente a hacer alguna tontería.

Don Humberto vio por el camino a su mujer, quien casi le tumbaba la puerta a los Tapia, así que sentenció que su casa estaría vacía y se dirigió allí.

Sediento no estaba pero, después de todo, era agua de sandía. Se preguntó por qué alguien dejaría un vaso medio lleno –o medio vacío– sobre la mesa, y antes de contestarse ya estaba bebiendo de él: Atarantado como era, se sorprendió por el hijo ilegítimo de Don Chuy; lo agarró desprevenido el plan maquiavélico de Doña Antonia; jamás había notado el sexto dedo en el pie izquierdo de su hijo; no tenía idea de que la muchacha Tapia pudiera estar embarazada y hasta le tomó por sorpresa que Ramón no tuviera un secreto.

Comprenderán que el débil corazón de Don Humberto no pudo contra tanto sobresalto. Puso el vaso en la orilla de la mesa, dio dos pasos hacía enfrente y se recargó en la ventana rompiendo el cristal en pedazos. Murió de un infarto, dejando a su mujer sin esposo ni ventana.

Monchi –el gato– aún estaba sediento, así que saltó a la mesa a beber el último sorbo del agua sabor sandía. Acaso de no haber tenido tanta sed, no habría saltado; acaso de no haber saltado alguien más habría bebido el secreto de Don Humberto. Pero Monchi –el gato– decidió saltar y beber, y mientras se relamía los trocitos de sandía de sus labios gatunos se preguntaba: ¿El secreto de Don Humberto era que él también tenía dedos extras en los pies?

Y sonrió ante la ironía, como sólo un gato puede sonreír.