Mudanza: Versión corta

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mudanza_

En resumen, si a usted le gustan mis cuentos, véngase a leerlos para acá:

http://mis-borradores.blogspot.com/

Mudanza: versión larga.

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¡Hola! :)

Sé que por aquí, de vez en cuando pasa gente perdida, o gente invitada, o gente sin nada mejor que hacer. A esa gente quisiera decirle que mi historia en lo que conocemos como blogósfera es relativamente larga.

He vagado de un lugar a otro, he visitado lugares impresionantes y conocido gente encantadora. Si bien la época del blog como depredador dominante parece haber terminado, yo con gusto estoy regresando a ella.  Con la emoción de conocer gente nueva, de retomar a los ya conocidos y dedicarles minutos de mi día, para disfrutarlos como se merecen. Regreso también con la emoción de una faceta redescubierta, la escritura.

Este blog nació por el deseo de expresar mis pensamientos, de compartir tonterías en momentos de ocio, de reflexionar sin pensar demasiado. Pero, debido precisamente al impacto de las nuevas redes sociales, este lugar se dedicó simplemente a transmitir algunos de mis cuentos.

Y digo ‘algunos’ porque la mayoría de mis escritos permanecen en las sombras, como borrados incompletos que necesitan ser criticados, destilados, corregidos y mejorados. Hasta hace poco me he dado cuenta de algo importante, lo que más necesitan esos pobres borradores es ser leídos.

Esa es la razón por la que escribo este mensaje que va dirigido a todos, y a nadie. No porque tenga cientos de seguidores interesados en lo que tengo que decir, sino porque este lugar fue una transición necesaria para mí, y lo voy a recordar con cariño (así como los comentarios de apoyo y los buenos consejos). Lo dejaré abierto por consideración a esas almas perdidas que llegarán aquí algún día, buscando un remedio para arrancarse el sexto dedo del pie, y que no lo van a encontrar.

mudanza_

 

Y entonces me mudo, definitivamente :).

Mi nuevo lugar se lleva lo mejor de aquí (incluidos los comentarios), y en él me dedicaré a desempolvar mis borradores. Para que, como cuentos que son, cumplan su destino y sean leídos. Si bien, la mayoría de ellos no está en su versión definitiva, una sola visita les hará sentirse atendidos. Y un solo comentario que reciba por cada historia, me será útil, para aprender, mejorar y continuar.

Para quien me quiera visitar, estaré por acá:

http://mis-borradores.blogspot.com/

 

 

 

Si usted se ha tomado la molestia de leer todo esto, gracias :).

Hello, i love you…

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Hola. Así está el asunto: este cuento permaneció incompleto por meses, junto a sus amigos a los que llamo “Los incompletos”, “Los no-aprobados”, o más cariñosamente “Los inútiles”. Y en esa pandilla permanece todo cuando he escrito durante el último año, por simple 'falta de tiempo'.

A mis admiradores invisibles, y también a los inexistentes, les prometo que arreglaré este asunto lo más pronto posible.

Normal

Raúl era una persona normal, vestía faldas a la rodilla, se hacía trenzas para dormir y no usaba demasiado maquillaje. Generalmente salía con mujeres de su edad, y rara vez tenía citas con hombres. Era que, por alguna razón, a ninguno de sus amigos le gustó cómo sonaba “Francisco y Raúl”, cuando presentaron a la pareja al entrar al baile de graduación. Ni en su época de preescolar, a su compañero Felipe le agradó cuando Raúl escribió por todas partes “Felipe y Raúl”, con pequeños corazones sonrientes alrededor. Incluso en la oficina, preferían no invitar a Raúl a salir, pues todos en la empresa recibirían una notificación vía email.

Así pues, lo inusual de su situación no le permitía tener un novio, por lo que Raúl estaba a punto de tomar una de las decisiones más importantes de su vida: ése cambio que le convertiría en una completa mujer.

Cuando el temor y la vergüenza quedaron a un lado, Raúl decidió que era tiempo de convencer su padre. “¡No es natural!”-le dijo él -“Si tu madre viviera ¡oh! cómo la herirías”, “…pero es tu decisión, y yo siempre te apoyaré”. Y fue así como Raúl llegó a conocer al amor de su vida.

El día del cambio llegó, entró a la sala espera y se sentó junto a la puerta, para no llamar mucho la atención. Llevaba un vestido largo, pero la pequeña abertura dejaba ver un poco de vello en su espinilla, por lo demás lucía impecable, incluso escultural. Tras varios minutos de incertidumbre, sucedió: el joven más apuesto y grácil se acercó a Raúl, le dirigió una mirada firme, pero seductora, y le hizo un ademán, solicitando sentarse a su lado. Entonces conversaron. Se conocieron y enamoraron casi al mismo tiempo, cada uno temeroso de que el otro descubriera su razón para estar ahí. Cuando la recepcionista se acercó al altavoz y pronunció su nombre, Raúl se puso de pie con agitación, y presa de un gran rubor, salió corriendo del lugar.

Pasaron varios días desde el encuentro con el amor de su vida, cuando, ya sin ninguna esperanza de saber de él, a la oficina de Raúl llegaron docenas de hermosas flores, cuya tarjeta estaba firmada por un Anónimo. Raúl lo supo inmediatamente. Supo quién había enviado las flores. Supo también su nombre, y por qué ambos se habían encontrado en aquella recepción de aquel lugar cuyo propósito era cambiar vidas. Supo que aquel hombre de quien se había enamorado, compartía no sólo sus defectos, sino sus virtudes. Supo que a su amado no le disgustaría que mencionaran sus nombres juntos. Y supo que ya no quería cambiar, pues así le amaban, y así quería pasar el resto de sus días.

Tomó su bolso, llamó a un taxi, y en el camino se retocó el maquillaje. Al llegar al lugar donde conoció al amor de su vida, contuvo la respiración: él estaba esperando ahí, de pie, majestuoso y galante. A Raúl le temblaban las rodillas, y los tacones que llevaba ese día eran excepcionalmente altos. Él le dirigió una mirada inquisitiva y sonriente.

Mi madre murió al dar a luz- dijo ella, cuando por fin llegó hasta él- creía que yo sería niño, y su última voluntad fue que llevara el nombre de Raúl.

Mi madre amaba la poesía-contestó él, tomándola en sus brazos- su poeta favorito era Anónimo.

thinking about you

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De un momento a otro, sentí que tenía algo, que podía escribir. Llegué a mi casa, abrí el procesador de texto más eficaz y de antología que existe (cuaderno & lápiz) y ya no tenía nada. Casi podría decir que de la falta de inspiración surge el siguiente cuento (:

{Inspiración}
Heriberto era un hombre con el mal hábito de la escritura.
Si, por incredulidad o chisme, cien veces preguntases a sus amigos algún defecto de Heriberto, ciento seis veces te contestarían que, sin duda, la escribida.
Y no es que fuera así por mala fe, cuando uno nace escritor, qué se puede hacer. Pero también, habría que ponerse un poco del lado de quienes sufrían al escritor en cuestión.
Por mencionar alguna desavenencia, podría contarte de la vez en que, en medio del funeral de su madre, a Heriberto le vino un momento de inspiración. Resultó que tomó el libro de asistencia y lo llenó hasta la última página con bosquejos de lo que parecía ser una novela policíaca.

O podría mencionar la ocasión en que Heriberto salió a una importante cena de negocios. Como siempre, al principio todo parecía ir bien, hasta que en un momento de inspiración comenzó a escribir textos en las servilletas, pues era lo único que tenía a mano.
-Y, dígame, Heriberto... – interrumpió el importante hombre de negocios, con cortesía -¿por qué rayos garabatea en las servilletas?
-Porque si escribo en el mantel, me lo cobran- contestó Heriberto, recordando un anterior episodio con un dejo de indignación.
-Entiendo- dijo el hombre de negocios, poniéndose de pie. Tomó un mondadientes y se fue.
Cuando le llevaron la cuenta, por primera vez desde que el restaurante abrió, le anexaban un cobro extra equivalente a los paquetes enteros de servilletas usadas.
-Hay que ver lo tacaños que son los establecimientos públicos hoy en día- pagó a regañadientes y se fue, con su thriller repartido entre seis o siete paquetes de servilletas.
Y anécdotas como estas, hay infinidad. Conflictos de mayor o de menor importancia, pero al fin y al cabo, conflictos.
Podríamos recordar la infancia de Heriberto, imagina qué problema para él cuando le venía un momento de inspiración en medio de un examen de matemáticas.
O en su primera cita; en su otra primera cita; en su otra primera cita.
Heriberto no era lo que se dice guapo. Pero tenía ese no-sé-qué de romántico, esa mirada inteligente de quien sabe pensar, esa sonrisa torcida cuando se le ocurría algo ingenioso. Habría triunfado con las chicas, si las chicas no le provocaran ataques de inspiración.
-Me gustas mucho- le dijo una señorita, en una de tantas primeras citas.
-Maribel, si pudiera expresar lo mucho que tú me…- y se detuvo, temblando ante la resistencia que estaba oponiendo a su ataque de inspiración.
-Que yo te, ¿qué?- susurró Maribel, ansiosamente enamorada.
-Que tú me gu…- se detuvo nuevamente, con un tic en el ojo y cara de que iba a vomitar –Tengo que irme- y, corriendo, se sacó de la mochila lápiz y papel, y escribió hasta que los pies y la inspiración no le dieron para más.
No se han visto líneas más románticas que aquellas que Maribel le inspiró a Heriberto en su juventud.

Por eso y más, con todo y todo, ella lo amaba. Lo amó desde ese día de inspiración en su primera cita; lo amó en el ataque de inspiración después de su primer beso; lo amó incluso en la ausencia por inspiración el día de su boda.
Heriberto pasó años intentando controlar su inspiración, por no defraudar a Maribel, pero estaba por llegarle una prueba definitiva. La primera vez que hicieran el amor, le atormentaba.
Y dicho y hecho. Amándose mutuamente, después de dos o tres bodas fallidas, estuvieron listos para consumar su matrimonio. Sería difícil de explicar la tremenda inspiración que ese momento le provocó a Heriberto. Con los ojos como platos y aguantando la respiración, intentó oponer resistencia, en vano. Tomó el bolígrafo de la mesita de noche y sobre la espalda de Maribel escribió sublimes versos de pasión y poesía erótica.
Y Maribel le amó.
A pesar de ser irremediablemente escritor, Heriberto era un buen hombre. Procuró siempre la felicidad de su mujer, de sus amigos, de sus vecinos, de los gatos de sus vecinos, de los vagos en la calle, (de todo lo que le provocara inspiración)…Y de sus hijos, cuando el tiempo y la inspiración le permitieron tenerlos. No hace falta decir que mientras Maribel daba a luz, Heriberto escribía una nueva saga de cuentos infantiles.
Con el paso de los años, a los hijos les siguieron los nietos. Y casi sin darse cuenta, Heriberto se había quedado sin momentos libres de inspiración. Adonde quiera que mirase, cualquier recuerdo, cualquier voz; todo terminaba plasmado en papel, en los muebles, en la pared o en la espalda de su mujer.

Más que nunca, se despertaba en medio de la noche a escribir. Sueño tras sueño, le provocaban una terrible inspiración, que se convirtió en un insomnio casi permanente.*

Heriberto entonces comprendió que no podría seguir así mucho tiempo. Los ataques le llegaban con mayor frecuencia y eran cada vez más fuertes, así que, en uno de ellos, aprovechó la inspiración para escribir su testamento.
Escribió cartas del tamaño de novelas para sus amigos más cercanos, a sus hijos les dejó enciclopedias; a su mujer, su más grande musa, le regaló una biblioteca.
Sus últimos días los habría pasado en el hospital, de no haber escrito en todas las sábanas, fundas, paredes, y hasta en una enfermera.
-Ni en el hospital tuvieron remedio para ti-le dijo sonriendo Maribel, y tomó su mano.
-Ni aun en mi lecho de muerte he podido dejar de pensar en ti- susurró mientras, con la mano libre, garabateaba su reciente novela romántica- la comida de hospital es idéntica a la tuya.
Heriberto escribió el punto final, respiró ruidosamente y murió, junto a la mujer que le acompañó hasta su última inspiración.

*Editado después de cierta buena recomendación (:

do you want to know a secret

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Después de pensarlo mucho (como por dos segundos), me ha parecido que debía compartir este cuento con la gente descarriada(bonita) que se pasa por aquí. No se asusten por las 1,570 palabras, es una lectura rápida ;)

Sabor sandía

Acaso de no ser ese día tan groseramente caluroso, Monchi –el gato–, no habría tenido que saltar a la mesa para refrescarse, pero lo hizo, y fue entonces que dos familias dejaron de serlo. Ya le había dicho Mamá Teresa a su esposo que no quería gatos en la casa, pero es que cuando a Don Humberto se le metía una idea en la cabeza, mejor dejársela allí.

Total, que Monchi –el gato– se quedó en casa de los Pérez, y sucedió que el día caluroso en cuestión Mamá Teresa envió a Ramón a comprar sandías para hacer agua.

–No te detengas a platicar con la vecina –advirtió Mamá Teresa, con ese tono de voz tan agudo que sólo alcanzan las madres más neuróticas.

–Amá –contestó Ramón, cuya voz contrastaba con la de su madre –Ya te dije que no me importan los dedos de Lupita, algún día le pediré la mano.

–¡Qué cosas dices! –gritó Mamá Teresa.

–Vas a romper las ventanas con esos gritos, mujer –llegó diciendo Don Humberto –Cualquier día de estos me provocas un infarto, y ¿qué vas a hacer sin marido y sin ventanas?

–Apá, dile a mi amá que no ande hablando mal de Lupita –y Ramón se dio a la fuga.

–¿De cuál Lupita? –preguntó después Don Humberto, quien era medio atarantado.

–¡La hija de los Tapia! Ramoncito sigue necio en que le quiere pedir la mano ¡A esa muchacha antes debería pedirle el pie! –remató la señora, con un chillido que no tenía nada que envidiarle al de un tenedor frotando un plato.

Y no era que Lupita no se lavara las manos o que tuviera unos pies especialmente gráciles, pero a los Tapia se les conocía porque siempre heredaban a sus hijos dedos extras en manos o pies. Según Don Chuy Tapia la tradicional herencia demostraba la superioridad de su familia, y nadie se lo discutía, salvo una vez un zapatero, quien tuvo el honor de recibir un puntapié de seis dedos. Doña Antonia –esposa de Don Chuy– también se enorgullecía del linaje de su marido y no cejaba en su intento de que Mamá Teresa aceptara a Lupita como nuera.

–Es que estoy tan enamorada de él… –lloró Lupita– ¿Por qué no puedo ser normal?

–Tú eres normal, niña –dijo Doña Antonia, mientras le terminaba de arreglar la sexta uña de la mano derecha –es normal que los hijos hereden cosas de sus padres.

–Si fuera normal su madre me aceptaría.

–Ya sabes que no es por ti, Teresa es una vieja sobreprotectora y loca.

–¡Mamá! Acaba de llegar.

–¿La vieja loca? –y se asomó por la ventana ––Ah, es Ramón. Ha de venir por sandías, hoy hace calor…¡Sal! –la apresuró Doña Antonia haciendo de cupido –Y no quiero ver que le pongas caras tristes a ese muchacho. ¡Echas las monedas en mi alcancía! –le gritó a las puntas del cabello de Lupita, que había volado hasta el huerto.

Doña Antonia no tenía exactamente un matrimonio de ensueño, pero conocía muy bien esas cosquillas en el estómago que provoca el enamoramiento –aunque la última vez que sintió algo parecido había sido cuando probó el pozole especial de Don Landa– y fuera como fuese no iba a permitir que una vieja loca y sobreprotectora le negara a su hija sentir pozole en el estómago. Y aunque Mamá Teresa sobreprotegía a su hijo del mundo, nadie salvaba a Ramón de su madre. La señora no le dejaba dormir en casa de sus amigos, pues ahí no podría asegurarse que no hubiera muerto en sueños. Le tenía prohibido bañarse en el río con los otros niños, por si de pronto comenzara a llover y el río se desbordara; incluso el día que nació Ramón, antes que la comadrona pudiera nalguearlo, Mamá Teresa insistió en primero ponerle los calcetines…no fuera a ser que se resfriara. Pero con todo y todo, Ramón era feliz. Tantito más ese día, porque fue a comprarle sandías a Lupita.

Eran las sandías más rojas y dulces que se hubieran visto, y Mamá Teresa estaba segura de que el agua quedaría deliciosa: Y así fue. Harto sabido es que lo primero que hacemos después de que algo nos sale bien es fingir modestia y salir en busca de alabanzas, así que la señora tomó un vaso grande y apetecible, y lo llenó a rebosar de agua fresca.

–¿¡Alguien está sediento!? –gritó con esa agudeza de voz que mataría de envidia a una soprano –¿Nadie? –insistió sin éxito: ninguno acudió a beber su agua. Dejó el vaso lleno en medio de la mesa y partió enfurruñada en busca de Monchi –el gato–.

Nada más salió Mamá Teresa, cuando por la puerta contraria entraron Don y Doña Tapia. Ella con la intención de discutir el futuro amoroso de sus hijos y él estaba acalorado, y a sabiendas que encontraría agua de sandía.

–¡La encontré! –gritó el Don desde la cocina.

– ¿A Teresa? –preguntó Doña Antonia asomando la cabeza por la ventana.

–No, encontré el agua fresca –dijo antes de dar un gran trago.

–¡Chuy! deja eso –le quitó el vaso de un manotazo y envió al Don a la casa.

Don Chuy, quien nunca había dejado un vaso de agua a medio beber –porque si alguien más bebe del mismo vaso se entera de los secretos de uno –se fue a regañadientes. La Doña esperó un buen rato, pues la vieja loca no regresaba; decidió tomar un poco de esa agua, que aún seguía fresca.

Bebió un trago pequeño, dulce y amargo. La sandía estaba deliciosa, pero resultó que también había bebido el secreto de su esposo. Dejó el vaso de nuevo sobre la mesa y salió deshaciéndose en lágrimas: Don Chuy tenía un hijo con otra mujer.

Y nada que Monchi –el gato– aparecía. Mamá Teresa regresó acalorada y molesta; caminó hasta el vaso y bebió sin notar que el nivel del agua de sandía había bajado. Que Don Chuy tenía un hijo ilegítimo, cómo no saberlo, pero lo que le cortó el aliento fue enterarse del secreto de Doña Antonia:

Llevaba varios meses ahorrando para que Lupita y Ramón se fugaran. Casi se desmayó la señora; como pudo salió corriendo en busca de los Tapia.

Curiosamente Lupita Tapia se había encontrado a Monchi –el gato– husmeando entre las sandías y decidió que se ganaría un poco de simpatía si iba a entregárselo a los Pérez, pero no estaban en casa. Cansada, entró a la cocina en busca de la famosa agua sabor sandía, allí estaba medio vaso servido. Bebió sólo un poquito, apenas lo suficiente para sentir el dulce, un par de semillas y los dos únicos secretos que jamás debió recibir juntos: Por su padre, Don Chuy, se enteró que tenía un medio hermano. De Mamá Teresa, la vieja loca, supo que su querido Ramón tenía seis dedos en el pie izquierdo. Cualquiera habría notado la relación entre ambos hechos –excepto tal vez Don Humberto, quien en serio era medio atarantado – y con el corazón saliéndosele y muriendo de amor por su medio hermano, corrió a ahogar sus penas al río.

Ramón pasó la tarde huyendo de su madre, hasta que creyó seguro regresar a la casa. Vio a Monchi –ya saben quién– tratando de beber algún líquido sucio del patio y pensó que le vendría mejor un trago de agua fresca. Había un vaso a medio beber en la mesa y quiso terminarlo para no desperdiciar. El joven Ramón casi se ahoga con una semilla: Que Don Chuy tuviera un hijo bastardo le importaba poco; su dedo extra en el pie izquierdo lo conocía desde siempre, pero después de unos segundos encontró relación entre los sucesos. Y tragándose la semilla lloró por el secreto de Lupita: estaba embarazada. Se olvidó del gato y salió, probablemente a hacer alguna tontería.

Don Humberto vio por el camino a su mujer, quien casi le tumbaba la puerta a los Tapia, así que sentenció que su casa estaría vacía y se dirigió allí.

Sediento no estaba pero, después de todo, era agua de sandía. Se preguntó por qué alguien dejaría un vaso medio lleno –o medio vacío– sobre la mesa, y antes de contestarse ya estaba bebiendo de él: Atarantado como era, se sorprendió por el hijo ilegítimo de Don Chuy; lo agarró desprevenido el plan maquiavélico de Doña Antonia; jamás había notado el sexto dedo en el pie izquierdo de su hijo; no tenía idea de que la muchacha Tapia pudiera estar embarazada y hasta le tomó por sorpresa que Ramón no tuviera un secreto.

Comprenderán que el débil corazón de Don Humberto no pudo contra tanto sobresalto. Puso el vaso en la orilla de la mesa, dio dos pasos hacía enfrente y se recargó en la ventana rompiendo el cristal en pedazos. Murió de un infarto, dejando a su mujer sin esposo ni ventana.

Monchi –el gato– aún estaba sediento, así que saltó a la mesa a beber el último sorbo del agua sabor sandía. Acaso de no haber tenido tanta sed, no habría saltado; acaso de no haber saltado alguien más habría bebido el secreto de Don Humberto. Pero Monchi –el gato– decidió saltar y beber, y mientras se relamía los trocitos de sandía de sus labios gatunos se preguntaba: ¿El secreto de Don Humberto era que él también tenía dedos extras en los pies?

Y sonrió ante la ironía, como sólo un gato puede sonreír.

good night sweetheart

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Creo que es mi primer intento de escribir algo de "terror". Ciertamente a nadie le va a dar miedo (a menos que sea demasiado malo), pero fue divertido de imaginar. Lo volveré a intentar (:.

El remedo de minicuento de terror es para mi queridísima Amanda.

Buenas noches y buena suerte.

Aunque las cortinas estaban corridas, el niño podía imaginarse perfectamente al monstruo al otro lado de la ventana. Sabía que se asomaba todas las noches para verlo dormir.Descorrió las cortinas.

El monstruo estaba pegado al cristal, empañándolo con su aliento. Se observaron un rato y el niño volvió a la cama.


Había colocado todas sus cobijas para tapar mejor la ventana, pero aún así, incluso en sus sueños, sentía la mirada del monstruo, viéndolo dormir.

Tell me what you see

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Un cuentito que surgió de una tarde de ocio. Se lo regalo a Davo :), podría ser mil millones de veces mejor, pero el cuento me ha pedido que por favor lo deje modesto, que así está bien.
monocromático

Cuando Chuy era niño, tuvo un sueño. En su visión había una hermosa señorita en un vestido color rosa. La verdad no habría mencionado el color del vestido si no fuera porque Chuy padecía ceguera al color y porque el rosa me encanta.
Usted comprenderá por qué el bueno de Chuy se obsesionó con encontrar a la señorita, en un mundo donde todo lo ves en blanco y negro, el rosa resulta bastante atrayente.

Leonel, amigo de Chuy, insistía en que si alguien jamás ha visto colores entonces no puede saber si el rosa es rosa. Chuy, con toda la paciencia que es capaz de tener un semi-ciego, le respondía que alguien que jamás ha tenido ceguera al color no puede saber lo que alguien con ceguera al color puede o no puede saber. Y normalmente este tipo de respuestas zanjan cualquier asunto.

Pero como iba diciendo, Chuy dedicó los siguientes años a buscar a la señorita. Al pasar el tiempo se fue olvidando del hermoso rostro, de la estatura, de casi todo, exceptuando obviamente el color del vestido. Así que al encontrarse Chuy con alguna bella señorita, lo primero que le decía al acercarse a ella era: Disculpe, ¿de qué color es la prenda que está vistiendo?. Y cuando la señorita no le daba una bofetada por imaginarlo un pervertido, le contestaba cualquier color, salvo el que él buscaba .

Años de búsqueda sin resultados desaniman a cualquiera, Chuy no era cualquiera, pero ciertamente estaba desanimado. Paseaba por el parque, pensativo, cuando de pronto escuchó un ruidito:
Pssst, psssst-decía el ruidito.
-¿Es a mí?-dijo Chuy, buscando el origen del Pssst. Apenas levantó la vista, vio a la señorita más hermosa que jamás hubiera visto en un parque. La señorita vestía de rosa.
-Disculpe-dijo la señorita, quien sostenía un globo con helio- no he sido yo, es que el globo se está desinflando.
Chuy le quitó un trocito de cinta adhesiva a sus anteojos -sí, su vista era de lo peor- y parchó el globo, que ya estaba medio desinflado.
-Muy amable-agradeció la señorita, sonriendo- tiene usted unos ojos preciosos-dijo casi enamorada de ese verde intenso- Mi horóscopo decía que el verde me traería suerte, así que no pude evitar comprar el globo.
-Alguien más sensato simplemente habría vestido de verde-pensó Chuy, todavía impactado con la belleza y el color.

La interminable sucesión de halagos, que en realidad terminaron en enamoramiento, sería fastidiosa de contar. Basta decir que a las pocas horas los enamorados quedaron de ver juntos una película de Charles Chaplin.

Ella, inmersa en aquellos ojos verdes, estaba encantada de que alguien apreciara las películas en blanco y negro.
-Seguro te parecerá extraño, pero soy daltónica, así que al ver películas viejas no siento que los demás ven algo que yo no- dijo un poco avergonzada.
-Así que eres un bicho raro-contestó él, dándole un besito en la frente.

No es tan irónico el hecho de que haya sido el color quien unió a la, ahora, feliz pareja. Al menos no tanto como el hecho de que el vestido de ella era en realidad azul, y que los ojos de él siempre fueron pardos.

(De nuevo elegí una canción de The Beatles para el título (: , no sé.)